Amor a los Corazones de Jesús y de María

Solidaridad con los pobres

Compromiso Misionero

Adoración al Santísimo

Vivencia Eucarística

Espíritu de Familia

La Espiritualidad SS.CC. es la respuesta concreta de los miembros de la Congregación al Carisma, recibido por nuestro Fundador y Fundadora, para vivir los contenidos completos de la vida cristiana y religiosa.  Es la manera de configurar y precisar  nuestra relación con Dios y con los hermanos. Se caracteriza por vivir actitudes y opciones  que resaltan y representan la manera determinada de vivir el misterio de Cristo. Por tanto la Espiritualidad SS.CC. podemos decir que es la orientación consciente  y deliberada de la vida de cada uno  y de todos los miembros de la Congregación.

 

 

Cuando miramos la historia de la devoción al Sagrado Corazón, no podemos dejar de ver que ella representa una profundización de la religión. El corazón de Cristo nos evoca este deseo de conocer por dentro lo que fueron las motivaciones, las líneas de conducta, el horizonte en el cual Jesús se movía.

Pues bien, este amor de Dios tan visible en el Evangelio es a la vez humano y divino. Él toma un rostro, una voluntad e inteligencias humanas, tanto en la parte sensitiva como afectiva. Cuando nos referimos pues al corazón de Jesús, estamos hablando acerca de las emociones y afectos de su alma reflejadas en las emociones y afectos sensibles de su cuerpo: el deseo, la alegría, la tristeza, la ternura, el temor, y la ira, conforme con las expresiones de su mirada, palabras gestos.

Decir “Corazón de Jesús” es hablar del centro de Jesús, donde han partido sus elecciones y su pasión por su Padre y por el Reino. Es referirnos al centro desde donde Jesús tomó las decisiones cruciales de su vida terrena, la fuente desde donde brotaba su mirada positiva acerca de la vida y de la historia, pues para Él todo, en definitiva, descansa en las manos de su Padre.

Mirar el Corazón de Jesús es llegar a conocer y amar a Jesús como un hombre totalmente entregado a la vida de su gente. Este mismo Jesús se introdujo en la vida de sus discípulos y los invito a una profunda amistad con Él.  Por ello en la medida que descubrimos la hondura de su Corazón nos sentimos atraídos por lo humano de su comportamiento y queremos nosotros mismos comportarnos de una forma tan humana como lo hizo Jesús que estuvo siempre orientado a conocer ya hacer la voluntad del Padre.

El Corazón de Cristo nos llama a corresponder al Dios amante sobre todas las cosas, porque, en Jesús, “Él nos amó primero”. (1Jn 4, 10)

La unidad radical de la persona de Jesús, la llegamos a saber y a experimentar en el simbolismo de su Corazón, es decir, en el amor de aquel que “me amó y se entregó por mi” (Gal 2, 20)

 

 

 

Hablar del Corazón de María es decir algo de ese centro maravilloso en el que podemos sondear la acción extraordinaria de Dios, así como la más perfecta respuesta de parte de una criatura humana. El Corazón de María fue un corazón virginal cuya pureza jamás ha sido manchada por cualquier pecado. Un corazón que latía al unísono con el de su Hijo, pues en verdad ellos eran un corazón, una sola alma y una vida.

Conocer el corazón maternal de María es saber que ella pasó experiencias dolorosas. Y que supo ver en ellas la presencia silenciosa de Dios.

A lo mejor, la más sublime lección que aprendemos de ella es que la fe va más allá de los resultados concretos, de las satisfacciones inmediatas, para estar firmes, de pie junto a la cruz de Jesús.

Con razón también queremos subrayar la nota más característica y central del corazón de María es el amor. Si ella asumió la misión de Madre en la anunciación, si ella esperó con paciencia el tiempo desconcertante de Dios para hacer irrumpir su Reino, si ella fue tan lejos en su himno diciendo que Dios “derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes”, es porque en su interior trabajaba misteriosamente el amor superabundante de Dios y que ella lo manifiesta ahora en obras y palabras.

Por lo tanto entrar en el corazón de María es transformarnos profundamente. Junto a María, aprendemos también el gran valor de los trabajos modestos, de poco relieve, en contra de nuestra civilización que menosprecia el hecho de ganar el pan con el sudor del rostro y valora el ganar fácil sin ninguna norma ética. Finalmente unirse al corazón de María es comulgar con ella y con su Hijo el cáliz de amargura, proveniente de nuestra coherencia hasta el fin con el mensaje del Reino, sabiendo que sobre todas, las cosas está la soberana voluntad de Dios.

  

 
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